Réquiem por Eugenio Páramo Ortega, S.J.

  • Un jesuita elegante, discreto y alegre

 

Una tarde opaca de fin de semana en el Centro Histórico entré a una librería de las muchas al paso en ese lugar donde vienen y van ríos de multitudes variopintas. En ella encontré un libro de George Steiner titulado Lecciones de los maestros, sobre ese invento donde uno enseña y otro aprende, oficio en el que no pocas veces, como en el amor, se intercambian las posiciones para que no decaiga la libido sciendi del deseo de conocer, del ansia de comprender.

En las tradiciones de magisterio abordadas en el libro no aparece el modelo de profesor inventado por los jesuitas a finales de la Edad Media y principios del Renacimiento. Sin embargo, su ausencia se torna presencia al explorar Steiner las lecciones de antiguos estudiantes jesuitas devenidos después en grandes maestros del pensamiento y humanismo como Descartes, Voltaire, Heidegger (que fue novicio de los jesuitas alemanes). Es frecuente que el jesuita como los magos oculte el arte de su influencia para hacerla brillar después en las estrellas del discípulo.

Con esta digresión quiero recordar a Eugenio Páramo Ortega, S.J., sacerdote y maestro jesuita del SUJ, quien falleció el viernes 15 de mayo, después de una larga batalla con la enfermedad en el dispensario de los jesuitas en Coyoacán. El juego de manos del azar quiso que su deceso coincidiera con el Día del Maestro en México. Y Eugenio fue maestro en una vertiente distinta a Manuel Bueno, el cura de pueblo –personaje emblemático de un libro de Miguel de Unamuno– que no creía en la resurrección, pero ayudaba a sus parroquianos a bien morir.

Durante varios años desde el antes llamado Centro Universitario Ignaciano (CUI), Eugenio acompañó la formación humana y espiritual de la comunidad universitaria de la Ibero Ciudad de México. Fue un maestro que ayudó a vivir mejor su fe y su humanidad a quiénes lo buscaban para ser escuchados, consolados en sus sufrimientos, ser orientados o para sentir la presencia y palabra de Jesús (gran pedagogo de la tradición docente junto con Sócrates) a través de su misa diaria de las 8:45 de la mañana, donde reforzaba el sentido de comunidad al tumbar los muros jerárquicos entre docentes, personal administrativo y de servicio, y estudiantes.

Su misión en la universidad la realizaba con discreción y elegancia. Sus amistades decían de él que quizás era uno de los jesuitas más elegantes del campus por la pulcritud de su presencia, su parsimonia al caminar y su trato amable y suave, con maneras y detalles de fineza de otro tiempo. Siempre dispuesto a escuchar y acompañar, como buen confidente, a quien lo necesitara por padecer alguna discriminación o estar vulnerable a raíz de una pérdida o sufrimiento.

A veces durante las clases preguntaba a los estudiantes si conocían a algún jesuita en la universidad, y su respuesta no se hacía esperar: Sí, al padre Eugenio. Junto con el padre Rubén Murillo me parece que eran los jesuitas que más identificaba la comunidad universitaria, en buena medida porque su trabajo era acompañar personalmente, cara a cara, a quienes acudían a ellos por algún menester espiritual, humano o de formación.

Una de las lecciones que me dejó Eugenio fue su mirada hacia el sur. Estaba pendiente de lo que ocurría en Centroamérica. Al saber de la muerte por edad o enfermedad de algún jesuita centroamericano me invitaba a su misa mañanera, que ofrecía en memoria y agradecimiento por el legado del fallecido en aquella región, en donde los compañeros de Ignacio de Loyola reinventaron la vida religiosa y la formación en parroquias, colegios y universidades.

Tuvo el detalle de buscarme y avisarme cuando en agosto de 2015, en la capilla universitaria, ocurrió la develación de una pintura de Monseñor Romero y se celebró una eucaristía con los cantos de la Misa Popular Salvadoreña por la beatificación del ahora San Romero de Las Américas. En otra ocasión me compartió el testimonio sobre Romero de William Wipfler, sacerdote anglicano, quien rememoraba todavía conmovido y con la piel enchinada el gesto ecuménico del arzobispo mártir durante su penúltima gran homilía, la histórica donde llamó al ejército a desobedecer las órdenes de matar y cesar la represión, cuando a la hora de repartir la comunión Monseñor Romero le convidó, a él que no era católico, a tomar la hostia. Y es que Eugenio fomentaba desde su trabajo pastoral en la universidad el diálogo ecuménico con las otras religiones, a juzgar por los artículos que compartía y que a veces escribía para la sección de opinión de algunos medios.

Participó desde su inicio en el equipo editorial que decidía los contenidos de la revista Ibero, y durante muchos años se dio a la tarea de construir, como es propio de los centros de pastoral universitaria de la Compañía de Jesús, un acervo de libros de temática religiosa y espiritual para acompañar con ellos la misión de diálogo entre fe y cultura. Ese acervo sirvió como leña para avivar el fuego del interés y la conversación en cursos y talleres de espiritualidad ofrecidos en la Ibero, y para que la comunidad universitaria tuviera un espacio para practicar la lectura espiritual, aprendiera a leer con los ojos de la interioridad, sin prisas ni obligaciones de por medio, al modo de Ignacio de Loyola, que utilizó este tipo de lectura como plataforma para discernir y pertrechar a la imaginación con miras a trasformar la realidad.

Hace poco, Silvia, una mujer humilde que trabaja en la Asociación de Profesores e Investigadores (API), recordaba el buen humor y las bromas suaves y sin estridencias de Eugenio cuando iba por un café. Es una imagen apropiada para conservar y no olvidar el paso de este maestro jesuita por nuestras vidas, esa alegría del jesuita que sabe incluso reírse de sí mismo tan recomendada por Pedro Arrupe, uno de los grandes superiores de la Orden, a cualquier candidato a jesuita o colaborador con ellos en su misión.

Un día a Eugenio no lo vimos más por la Ibero. Se marchó a enfrentar su dolencia que poco a poco fue sitiando su vida. Se retiró de la universidad en silencio, con el santo y seña de su conocida discreción y elegancia, quizás hasta con una sonrisa por la satisfacción del trabajo realizado. El altar de la capilla universitaria se quedó un poco vacío sin su acostumbrada y puntual presencia para la misa de las 8:45 de la mañana. Ahora nos toca a nosotros ofrecerte un cariñoso responso de hasta pronto: ¡descansa en paz, querido Eugenio!, que la siembra de tu entrega, tus lecciones más entrañables, tendrán una buena cosecha en quienes ayudaste a ser mejores humanos y universitarios.

 

Texto por Carlos Mario Castro

Fotos por Pedro Rendón López

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