La incursión de los jesuitas en la música

  • El SUJ ofrece una formación integral donde las artes y otras actividades encaminadas al cuerpo y la sensibilidad son pieza indispensable de su proyecto educativo.
  • La música compuesta por Morricone para La misión recibió su influencia de las composiciones de Domenico Zipoli, músico jesuita de las reducciones del Paraguay.
  • A pesar de tener prohibido el uso de coros, los jesuitas utilizaron la música como eje de su proyecto intercultural.

 

Ennio Morricone, quien falleció el pasado 6 de julio a la edad de 91, fue uno de los mejores compositores de música para películas. Algunas de ellas inolvidables por la belleza de su banda sonora; entre ellas destaca La misión (1986), imprescindible por su temática alrededor de los jesuitas de las reducciones del Paraguay.

Volver a la película y su música perdurable en el tiempo puede servirnos para comprender una característica primordial del Sistema Universitario Jesuita y su proyecto educativo, la de ofrecer una formación integral en donde el arte, junto con otras actividades extracurriculares orientadas al cuerpo y la sensibilidad, no son un relleno sino pieza importante de la filosofía educativa de nuestras instituciones.

En esta dirección, a propósito de La misión y la música de Morricone, El director Roland Joffé se basó en una novela de Robert Bolt para abordar, sin ceñirse del todo al rigor de la historia, la experiencia de inculturación evangelizadora de los jesuitas en Suramérica en las legendarias reducciones del Paraguay, y las tensiones e intrigas de poder palaciegas entre la jerarquía católica y los imperios español y portugués, en menoscabo de los guaraníes.

Joffé, en realidad, utilizó aquel histórico conflicto para referirse desde ese pasado a la persecución que durante la década de 1980 vivió la iglesia progresista latinoamericana a manos de las dictaduras militares de entonces, que dejaron una estela de sangre en todo el continente por el asesinato político de varios sacerdotes en distintos países de la región, entre ellos varios jesuitas.

En el filme se evocan los dilemas religioso-políticos del uso o rechazo de la violencia (por justificada que fuera) para luchar por la justicia; y a su modo parodia en uno de los personajes la conversión religiosa de Ignacio de Loyola, su tránsito del vanidoso hombre viejo con sus lastres a cuestas al hombre nuevo que abraza la aventura de un nuevo y liberador compromiso, donde los espejismos del poder, la fama y la riqueza ya no están presentes.

La influencia del jesuita Domenico Zipoli

En todo esto, la música de Morricone es otro potente narrador que nos conmueve y sacude. Lo que poco se sabe es que la influencia para su banda sonora probablemente la tomó del jesuita Domenico Zipoli, quien antes de ingresar a la Compañía de Jesús se había formado musicalmente como heredero de la escuela barroca florentina de Girolamo Frescobaldi.

Se desconocen los motivos de Zipoli para renunciar a las luminarias de una carrera brillante en el mundo de la composición musical europea y en su lugar ingresar como religioso con los jesuitas, quienes lo enviaron a las entonces misiones de las reducciones indígenas del Paraguay, en donde la música era el núcleo de todo el proceso de mestizaje cultural y evangelizador.

Los misioneros jesuitas descubrieron de inmediato la sensibilidad, el talento y entusiasmo de los nativos por la música, que originó toda una tradición musical y litúrgica, como bien refleja La misión cuando uno de los protagonistas dice que a los jesuitas les hubiera bastado con una orquesta para domeñar la resistencia férrea de los guaraníes a convertirse a la nueva fe del Dios crucificado que les predicaban. Esto, no obstante, a la restricción en las normas jesuitas de no distraerse con coros y ritmos.

Ahora sabemos por evidencias documentales recientes que, en 1553 en la ciudad brasileña de Bahía, los jesuitas tenían “tres coros diferentes: uno acompañaba con el órgano, otro con el clavicordio y el tercero con flautas”. Además, incorporaron en la composición musical las técnicas, los instrumentos y las canciones propias de los indígenas, lo cual provocó la ira de algunos obispos.

Zipoli tuvo mucho que ver con esto porque compuso, en un enriquecedor intercambio musical con los indígenas, muchas de las piezas que se utilizaron para las misas y otros rituales, entre ellas la titulada modernamente Música sacra de las misiones.

Sin embargo, cuando se filmó la película a mitad de 1980 muchas de las partituras de Zipoli estaban perdidas y olvidadas entre las ruinas y cenizas de lo que quedó como vestigio de las reducciones.

El descubrimiento de la música de Zipoli contribuyó a forjar una mejor idea de la importancia del arte, de la música, como herramienta indispensable del proyecto jesuita de formación humana, cultural y cristiana en Latinoamérica. Una herencia que continúa vigente en sus colegios y universidades, y no sólo en esos espacios.

Texto por Carlos Mario Castro

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