La gran epidemia de 1575, el saber y los jesuitas

“[…] mirar cómo se conserve para el divino servicio

la salud y fuerzas corporales”. Ignacio de Loyola

La gran epidemia de cocoliztle que se desarrolló en el centro de lo que hoy es México, a partir del año de 1575 y que a decir del jesuita Juan Sánchez Baquero, cosmógrafo real y uno de los primeros cronistas de su corporación en México, causó la muerte de tres cuartas partes de la población indígena, motivó la escritura y publicación por los jesuitas de uno de los primeros textos que ellos generaron en la Nueva España para la divulgación del conocimiento. Me refiero al libro Summa y recopilación de Chirugia, con un arte para sangrar muy útil y provechosa, escrito por Alonso López de los Hinojosos (1535-1597) y publicado en 1578.

Los historiadores de la medicina se han referido al autor a propósito de su escrito y su heroica intervención como médico, cirujano y enfermero durante la mencionada epidemia. Los breves datos personales que se tienen de él proceden de su texto y de lo que el padre Gaspar de Villerías, uno de los primeros cronistas de la Compañía de Jesús, dejó anotado en su Relación Breve. Alonso López nació en Hinojosos, provincia de Cuenca, y ya en Nueva España y radicado en la Ciudad de México se distinguió como “médico, cirujano y enfermero” del Hospital Real de San Joseph para la atención de los naturales. Ya viudo, con dos hijos, y una hija, los tres dedicados a la vida religiosa, optó por destinar sus bienes para auxilio del hospital y para apoyar la fundación de un convento de monjas. Colaboró estrechamente con la Compañía de Jesús como médico, cirujano y enfermero. Diez años antes de su muerte fue aceptado como hermano coadjutor y en esa calidad fungió hasta el día de su muerte como portero del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo.

López de Hinojosos puede caracterizarse como un exponente de la tradición galénico-aristotélica. Sabemos que durante la epidemia del cocoliztle, en busca del origen de esta enfermedad, practicó autopsias a los indígenas en colaboración con Francisco Hernández, médico de Felipe II, quien en su prolongada estancia en Nueva España, realizó una magna compilación de las plantas medicinales y de su uso por los indígenas. López, a partir de sus intensas actividades con motivo de la epidemia de cocoliztle, trabajó estrechamente con los jesuitas para auxiliar a los naturales. La empatía con los soldados de Cristo y el aprecio y respeto que éstos tuvieron a su saber, motivó que la Provincia Mexicana lo impulsara a dejar por escrito su experiencia y sus conocimientos de la medicina europea y americana. En su obra López de Hinojosos nos legó la más extensa descripción que se tiene de la gran epidemia, sus diagnósticos sobre el cocoliztle y las acciones que emprendió para atender a la población indígena.

Los jesuitas ordenaron a Antón Ricardo, impresor originario del Piamonte, la edición de la obra ya antes mencionada y se la dedicaron al arzobispo Pedro Moya de Contreras. A decir del cronista jesuita, el libro “[…] ha sido de grande utilidad de este Reino […]”. Esto motivó una segunda edición, también patrocinada por los jesuitas, la que salió de la prensa de Pedro Balli en 1595. (Cabe mencionar que para entonces, Antón Ricardo, en 1580, se había traslado a Lima para abrir la primera imprenta del virreinato del Perú). López de Hinojosos incorporó en esta segunda edición un estudio sobre “[…] el origen y nacimiento de las reumas, y las enfermedades que dellas proceden con otras cosas muy provechosas para acudir al remedo dellas y de otras muchas enfermedades”. Debemos tener presente que los edificios de la Ciudad de México, construida sobre un islote y rodeada de los lagos, se caracterizaron por su excesiva humedad por lo que las reumas fue un padecimiento muy generalizado.

Habría que comprender las ediciones de la Summa en un contexto más amplio. El arribo de los jesuitas a nuestro territorio en 1572, dio lugar a numerosas innovaciones intelectuales, entre otras sus colegios, los que rápidamente fundaron en las principales ciudades y se constituyeron en pilares invaluables de la formación humanista de los jóvenes. Los jesuitas para la edificación del Colegio Máximo inventaron un sistema de construcción que utilizaron para levantar sobre pilotes de madera flotantes los muros de tezontle, recordando cómo en Italia se utilizaba la pozolana. Esta técnica se difundió rápidamente en la capital del Virreinato y contribuyó a disminuir el acelerado hundimiento de los edificios.

Después de la epidemia, por iniciativa del jesuita Vincetii Nutij (conocido como Vincencio Lanuchi o Vicente Tanuchi), instalaron en el Colegio Máximo al impresor Antón Ricardo. Ante las limitaciones que tenían para conseguir de las imprentas europeas la provisión de los libros necesarios para impartir sus cursos, lograron la autorización del virrey Martín Enríquez y del arzobispo Pedro Moya de Contreras para imprimir numerosos textos básicos para la enseñanza, que en un breve lapso les editó el mencionado impresor. Dos de los libros impresos nos dejan ver el interés de la Compañía de Jesús por “el saber”, que en nuestros términos podríamos calificar como el conocimiento científico. Me refiero al Tratado de la Esfera de Francisco Maurolico y la Summa y recopilación de Chirugia de Alonso López de los Hinojosos.

Las iniciativas de la Compañía de Jesús orientadas a intervenir a favor de la salud temporal de los habitantes en los primeros años de su presencia en México, acaso motivadas por las palabras de su santo fundador que he puesto como epígrafe de este texto, no fueron la excepción sino la norma. Siempre que se presentaron epidemias en la Nueva España, los “ropas negras”, como fueron llamados, se distinguieron por sus tareas en auxilio de los naturales.

En 1736 una gran epidemia –en esa ocasión de matlazahuatl– se originó en agosto en un obraje en el pueblo de Tacuba. En noviembre ya se había extendido hacia la Ciudad de México y al resto del Virreinato. Esta epidemia diezmó a la población de la Nueva España. Los jesuitas salían a las calles, recorrían los barrios de la ciudad para asistir con bastimentos a los indigentes e impartir los sacramentos. Contribuyeron a construir en los barrios más humildes casas-hospital y casas para dar refugio a los huérfanos que carecían de un techo y de asistencia. También acudieron a los hospitales para el consuelo de los afectados por la peste.

Superada la epidemia, el año de 1737, a iniciativa del cabildo de la Ciudad de México, el arzobispo virrey Vizarrón y Eguiarreta, declaró a la Virgen de Guadalupe patrona de la Ciudad de México, en reconocimiento a su intercesión para proteger a los novohispanos de la peste. Al jesuita Juan Francisco López se le encomendaron las gestiones ante el Papa para la confirmación del Patronazgo, oficio, misa y fiesta el 12 de diciembre, el cual fue concedido por el decreto del 24 de abril de 1754 y el Breve Non est equidem del  25 de mayo de 1754 por el Papa Benedicto XIV.

Por: Dra. Cristina Torales Pacheco, académica e investigadora del Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México
Imagen: ‘Summa y recopilación de Chirugia, con un arte para sangrar muy útil y provechosa’, escrito por Alonso López de los Hinojosos y publicado en 1578 (Tomado de nlm.nih.gov).
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