Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas

  • Uno de los legados más importantes de Ignacio de Loyola fue el libro de los Ejercicios Espirituales, el cual funciona como una espiritualidad para universitarios, e inspira el modelo educativo del SUJ.

 

El vino añejo en odre nuevo

A los 65 años falleció Ignacio de Loyola en Roma el 31 de julio de 1556, mientras la Compañía de Jesús crecía en número de vocaciones y los jesuitas se esparcían por todo el orbe según su talante de estar siempre en camino, sin instalarse ni acomodarse, porque “no somos monjes, el mundo es nuestra casa”.

Recordarlo es evocar para nuestro tiempo de COVID-19 las circunstancias de su cambio radical de vida en un momento de gran crisis personal, también de transformaciones profundas en poblaciones y regiones que empezaban a transitar, con palabras actuales, hacia una “normalidad nueva”.

Con lo anterior se quiere decir que, sin abandonar la antigüedad, el espíritu del tiempo de Ignacio se asomaba a la vez al inicio de una nueva época, el de la modernidad con sus demonios y ángeles. Por eso en el fundador de los jesuitas, en la misma Compañía de Jesús, se manifiesta esa tensión entre lo arcaico y lo moderno, entre la vida comunitaria y la vida individual que discurre libre de ataduras para buscar el bien más universal.

Dos escritos, un manual de ejercicios espirituales y otro biográfico, son todavía los dos pórticos principales para entrar en la vida de Ignacio y su singular ambiente histórico. Además, de documentos más íntimos de la orden jesuita como las Constituciones, la Fórmula del Instituto, el Diario Espiritual, y la correspondencia variada en temas de edificación humana y preceptos de todo tipo escrita por Ignacio para llegar hasta donde su cuerpo no podía, en una geografía en vertiginosa y conflictiva expansión.

Leer en tiempos de crisis es esencial

La historia es conocida. Durante la escaramuza por defender una fortaleza cuya derrota era inminente, a Ignacio una bomba casi le mutila sus piernas, dejándolo mal herido y en trance entre la vida y la muerte.

Es llevado a su casa en Loyola donde es operado tres veces, dos para recomponer los huesos descoyuntados; y la tercera, tiempo después y por vanidad, para que los médicos le hicieran el favor de serruchar unos huesos encabalgados en la rodilla que según él deslucían su figura de hombre galante dispuesto a lo imposible por conquistar riqueza, fama, honor, incluso los favores de una dama de inalcanzable belleza y posición. Para agravio de su banalidad desde entonces lo acompañó una cojera permanente.

Una tecnología recién inventada, la imprenta, hacía de las suyas al estrechar las distancias, y provocar con su industria de libros el cuestionamiento de la autoridad y su verdad, sobre todo de la religiosa. La de Ignacio fue una época de cismas y de avalancha de nuevas informaciones sobre la fe (herejías les llamaron) entre las cuales era difícil distinguir aquellas que servían mejor a la realización y trascendencia humanas.

Los libros de la imprenta en aquel tiempo en ebullición de cambios ocasionaron también crisis interiores personales entre los lectores. En sus páginas se pretendía encontrar la revelación de por dónde orientar la vida, a imitación de los protagonistas literarios. Entonces se leía para imitar lo dicho por los libros.

Fue lo que ocurrió a Ignacio, que cambió el derrotero completo de su vida al entrar, con imaginación y atención, en las páginas de un libro sobre los santos y de otro que narraba la vida de Cristo. Se trataba de libros que no estaban escritos en latín y eran de circulación popular, especialmente escritos para la edificación de las mujeres y el considerado vulgo, quienes no tenían la puerta abierta a la lengua antigua romana. Con estas lecturas la Iglesia pretendía atajar la según ella perniciosa influencia de los libros populares de caballerías.

Ejercicios Espirituales, herencia universal presente en el SUJ

Quizás el gran legado de Ignacio, más allá de formar la Compañía de Jesús, continúe siendo el libro de los Ejercicios Espirituales y la espiritualidad emanada de sus páginas, cuya finalidad es proporcionar un método que module, a través del discernimiento y el cotejo histórico, nuestra proverbial capacidad de auto engañarnos, deconstruir la armazón de nuestras aparentes creencias y certezas y ponerlas en el sano remojo de la duda para autenticar sus propósitos; y ayudar, en un itinerario que emula el peregrinar de Ignacio, a optar por el mejor estado de vida, aquel que permita encarnarse mejor en los grandes problemas del mundo, y así llevar a cierta plenitud el proyecto de lo humano, siempre imperfecto, endeble y tentado al estrépito del fracaso.

Los Ejercicios Espirituales fueron el primer método ideado para distinguir entre verdad y falsedad, entre pulsiones de vida y de muerte, de amor y de odio. Es una pedagogía del espíritu que no es privativa sólo de religiosos y creyentes.

En este sentido, se trata de una espiritualidad universal, un patrimonio legado más de la humanidad que de religiosos y feligreses. De hecho, Ignacio escribió los Ejercicios cuando todavía no había abrazado junto con sus compañeros el estado sacerdotal dentro de la Iglesia Católica. Y es llamativo cómo fue probando su método con los compañeros universitarios de la Sorbona de París, quienes más adelante serían la generación fundadora de la Compañía de Jesús.

Tan decisivos fueron que sobre ellos los primeros jesuitas levantaron su novedosa propuesta educativa. En ella, igual que ocurre en los Ejercicios Espirituales, se trata de aprender a contemplar, pensar y sentir para fomentar con la imaginación la profundidad de pensamiento y la creatividad necesarios para estar a la altura de los problemas a resolver, cuyo grado de dificultad exige una formación integral en todos las disciplinas y saberes. Por eso el modelo de formación del Sistema Universitario Jesuita abreva de los ejercicios ignacianos como una espiritualidad para universitarios que aspiran con su formación a transformar la realidad.

Incluso, hay quien emparenta esta espiritualidad con esa otra humanista y escéptica, nada proclive a reverenciar dogmatismos, inventada por Michel de Montaigne, durante el ocaso del Renacimiento, en el libro de sus ensayos, otros ejercicios espirituales que mantienen su vigencia, expresamente escritos para “gentileshombres/mujeres laicas” (M. Fumaroli). Aunque son libros diferentes; sin embargo, coinciden en defender la dignidad innegociable de lo humano y su trascendencia frente a cualquier amenaza que pretenda degradarla desde la riqueza o el poder.

La COVID-19 parece estar gestando otra época que todavía no sabemos cómo será, no obstante las visiones confundidas de gran parte de los intelectuales del mundo. Tampoco tenemos certeza de si una espiritualidad como la ignaciana puede todavía prestarnos su auxilio frente a las potentes y refinadas quimeras con que ahora busca seducirnos el engaño, tanto en lo personal como en todos los ámbitos de lo social.

Sin embargo, en esa espiritualidad heredada por Ignacio hace 465 años existe una luz que puede orientarnos para discernir qué hacer en medio del desasosiego. La expresó Jerónimo Nadal, uno de los primeros compañeros jesuitas de Ignacio, al referir que el sentido último de esta espiritualidad, su más importante dignidad, consiste en volcar la vida y su mirada hacia los necesitados, hacia aquellos que no tienen a nadie que se preocupe por ellos y les ayude. La tarea por excelencia de quien vive según la espiritualidad ignaciana es, dicho con sus palabras, “buscar la oveja perdida, sea pagana, musulmana, herética o católica”. Ahora sumaríamos otras etiquetas a la lista.

 

Texto por Carlos Mario Castro

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